A menudo caemos en el error de pensar que la madurez espiritual consiste en alcanzar una certeza absoluta. Queremos sentir que cada paso que damos es el correcto, que cada decisión es, sin lugar a duda, la voluntad de Dios. Buscamos esa seguridad con ansiedad, creyendo que la duda es falta de fe. Pero, ¿y si esa necesidad de estar «absolutamente seguros» no fuera más que una máscara de nuestro propio orgullo?
El orgullo espiritual es sutil. No se manifiesta necesariamente en la soberbia ante los demás, sino en la autosuficiencia ante Dios. Es esa voz interior que quiere tener el control, que desea apoyarse en sus propias certezas para no tener que depender de nadie. Si estuviéramos siempre seguros de hacer lo correcto, dejaríamos de necesitar la ayuda divina; nos convertiríamos en jueces de nuestra propia santidad.
La bendición de la incertidumbre
Como nos recuerda Jacques Philippe en La libertad interior, la imposibilidad de estar seguros de nuestra perfección es, en realidad, una protección. Es una «dolorosa desgracia» que, paradójicamente, nos salva de nosotros mismos.
Por medio de esta incertidumbre, es preservada nuestra humildad. Al no poder apoyarnos en nuestras propias conclusiones, no nos queda más remedio que hacernos pequeños. Esa falta de certezas nos obliga a estar en una «búsqueda constante», con el oído atento y el corazón abierto, reconociendo que no somos dueños de la verdad, sino meros buscadores de ella.
La verdadera libertad no nace de la seguridad de no equivocarse nunca, sino del abandono. Cuando acepto que puedo fallar, que mis interpretaciones pueden ser erróneas, dejo de apoyarme en mis propias fuerzas. Es en ese vacío de seguridad donde Dios puede actuar. La incertidumbre nos impide alcanzar una autosuficiencia que nos eximiría de confiar plenamente en Su misericordia.
Una invitación al silencio
A veces, la voluntad de Dios no es una hoja de ruta con señales claras, sino un camino que se descubre paso a paso, en la penumbra. Se nos invita a caminar por fe, no por certezas. En Derecho buscamos la seguridad jurídica, el dato objetivo, la norma clara; pero en el espíritu, la única seguridad real es saberse amado en medio de la propia fragilidad.
Para meditar hoy:
- ¿Busco la voluntad de Dios para agradarle a Él, o para sentirme yo seguro y tranquilo conmigo mismo?
- ¿Soy capaz de aceptar mis dudas como un camino hacia la humildad, o me rebelo contra ellas con ansiedad?
- ¿En qué aspectos de mi vida estoy intentando apoyarme solo en mis propias fuerzas, evitando el salto al abandono?

obra de Jacques Philippe.