
Estrenamos en Vidas Santas una sección que nos hace especial ilusión: Santos Olvidados. En el santoral católico existen auténticas joyas ocultas; personajes con vidas de película y patronazgos tan sorprendentes que la historia ha ido dejando en un segundo plano.
Hoy abrimos este rincón con San Fiacro de Breuil, un príncipe irlandés del siglo VII que, por cosas del destino y de los milagros, terminó convirtiéndose en el patrono de los hortelanos, de los taxistas y… el protector más invocado contra las dolencias anorrectales (hemorroides y fístulas).
Como estudiante, os confieso que descubrir estos detalles me fascina. Demuestra que la fe católica no tiene tabúes y que, a lo largo de los siglos, la Iglesia siempre ha buscado respuestas espirituales para los dolores más humanos, incómodos y reales de la carne.
Del trono de Escocia al «martirio verde» en el bosque
Fiacro nació en el año 607 en Connacht, Irlanda. Era nada menos que el hijo mayor del rey de Escocia, Eugenius IV. Lo tenía todo para gobernar, pero su corazón buscaba algo diferente. Educado en un monasterio, se convirtió en un experto en fitoterapia y medicina natural, aprendiendo los secretos curativos de las plantas.
Guiado por el deseo del «martirio verde» —una antigua tradición celta que consistía en el exilio voluntario y el aislamiento total por amor a Dios—, renunció a la corona, cruzó el mar hacia Francia en el 628 y se adentró en el bosque de Breuil. Allí construyó un humilde oratorio a la Virgen, un huerto medicinal y un hospicio para peregrinos desahuciados.
El milagro de la zanja y la roca que se ablandó
El obispo de la zona, maravillado por su santidad, le prometió a Fiacro regalarle toda la tierra que lograra delimitar cavando una zanja en un solo día. El santo, en lugar de usar una pala, simplemente arrastró su báculo de madera por el suelo: la tierra comenzó a abrirse sola de forma milagrosa, creando fosa inmensa.

Esto desató la envidia de una mujer local llamada Houpdée, quien lo denunció formalmente ante el obispo acusándolo de brujería y hechicería demoníaca. Para resolver el caso, el obispo sometió al monje a una prueba: debía sentarse en una gran piedra a las puertas del templo a esperar el juicio de Dios. Fiacro pasó días rezando inmóvil en absoluto silencio hasta que ocurrió el prodigio: la piedra se ablandó como si fuera cera, amoldándose perfectamente a su cuerpo y dejando su silueta grabada en la roca (impronta que aún hoy se conserva en la Église Saint-Fiacre en Francia).
¿Por qué es el patrón de las hemorroides y los taxistas?
A raíz del milagro de la roca, se corrió la voz por toda Europa de que cualquier persona que sufriera de almorranas —dolencia bautizada históricamente como «el mal de San Fiacro»— curaba su afección con solo sentarse con fe sobre la sagrada piedra o rezar su oración protectora.
Fue tal el bum de peregrinos que reyes de la talla de Enrique V de Inglaterra o Luis XIV de Francia (el Rey Sol, que sufría enormemente de este mal) recurrieron a su intercesión espiritual.
¿Y lo de los taxistas? Siglos después, en París, los primeros carruajes de caballos de alquiler de la ciudad se estacionaban siempre frente al Hotel Saint-Fiacre. Por pura asociación popular, los franceses empezaron a llamar a estos vehículos «fiacres», y el santo terminó siendo, de manera oficial, el patrono de los taxistas y conductores.
Oración a San Fiacro para las hemorroides y el alivio del dolor
Para los pacientes que sufren en silencio el tormento físico y la desesperación de estas patologías crónicas, rescatamos esta antigua y poderosa oración tradicional de intercesión, enfocada en calmar los dolores de la carne y detener los flujos de sangre:
«Oh milagroso San Fiacro de Breuil, tú que por el divino poder de Dios ordenaste a la piedra ablandarse y recibiste el don de aliviar los cuerpos llagados; te suplico con humildad que mires mi tormento físico. > Por aquella santa intercesión que libró a reyes y mendigos del dolor, di y manda a la sangre que deje de manar y a mis llagas que dejen de atormentarme, tal como el Jordán detuvo sus aguas frente a los hebreos para dejarlos entrar a la tierra prometida. Amén.»
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